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EDITORIAL INFOHUERTAS No.10: |
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Desde los tiempos de la colonia, la frutihorticultura en el Virreynato del Río de la Plata y la posterior República Argentina, ha ocupado un lugar de privilegio.
Patricios y hacendados, gauchos y comerciantes, médicos y abogados compartían una visión en común: producir y comer hortalizas era cosa de Mentecatos. No existía, para entonces, la Organización Mundial de la Salud, ni la prensa anti-colesterol (menos aún el colesterol artificial y mucho más dañino provocado por sobreingesta de medicamentos y aditivos alimentarios), ni la supersopa de la Universidad de Quilmes, la soja solidaria y los merenderos comunitarios. Tampoco habían nacido 5alDía, la Red de Huertas y nadie se atrevía a soñar con las postas electrónicas y los chasquis virtuales.
El desocupado cuatrereaba o buscaba protección con los indios o iba de piquete en piquete, porque guerras civiles había abundantes como para elegir el bando con el cual simpatizar. Si no, se enrolaba (voluntariamente o no) en la milicia, se casba con una mujer de dudoso origen expulsada de la ciudad y se mudaba a un fuerte, en una especie de Plan Jefes de Hogar de la época. En la ciudad, si se tenía modales medianamente aceptables, siempre sobraba un plato de comida en la cuadra de la casa de una familia respetable y caritativa a cambio de limpiar la cuadra o algún otro favor m'ás o menos lícito. La dieta de las ciudades era carne, jamón, huevo frito y mate. Y en el campo, lo mismo, pero sin el jamón y el huevo frito.
Tan de mentecatos era cultivar frutas y hortalizas, que alrededor de Buenos Aires desaparecieron los pocos bosques que había y la ciudad se quedó sin leña para cocinar y matar la humedad, porque nadie había pensado en mantener el equilibrio ecológico. Hizo falta una proclama del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para que la gente arrojara los carozos de duraznos en las veredas y los baldíos. Y ante tan mentecto decreto, la generosa Pacha Mama respondió con montes que dieron fruta y leña y que, por su puesto, hoy día ya no existen.
El agricultor urbano era el más desamparado de todos los cristianos. No era propietario de la tierra, ya que no era ni guerrero ni político, por lo que no participaba de la repartida de los botines ganados a la indiada o al caudillaje enemigo. Iba por la quinta parte de lo que producía, el resto para los patrones. El tropero, tampoco propietario, contaba con una ventaja: a diferencia de las plantas, Dios había provisto las vacas de patas y no de raices, con lo que podía buscar el horizonte ni bien se avecinaba el peligro o había acuchillado al eventual contrario. Entre las heladas, los escasos sitemas de riego, las batallas y los malones, el horticultor cosechaba más amarguras que repollos. Sólo cultivaban los muy apasionados o los que no servían para otra cosa. Observadores de las virtudes del trabajo con la tierra y las plantas, los jesuitas y otros estudiosos proponían el valor terapéutico y formativo de la frutihorticultura: pero otra vez le tocaban a los mentecatos estos menesteres, ni a los gauchos ni a los doctores. Hasta que tuvieron que levantar campamento por portación de tecnología y conocimientos políticamente incorrectos y los mentecatos llevaron nuevamente las de perder.
Y sólo los mentecatos comían verduras. Los demás, tal vez algún tomate y una carbonada y el puchero para las criaturas. 5alDia se hubiera llamado Una al Día (el consumo de una porcion diaria de frutas o verduras ya hubiese sido todo un éxito) Hasta la llegada de los prisioneros portugueses, que cobraron su libertad en una alianza estratégica entre el ejército, el gobierno y la sociedad civil para fundar colonias agrícolas. Entre estar encerrados o morir fusilados, prefirieron la libertad y las hortalizas. Y luego los tanos, algunos gallegos y más adelante los japoneses, recientemente los bolivianos.
Finalmente, le tocó el rol de los mentecatos a los desocupados modernos. Paquete de semilla en mano, resurgieron las huertas familiares y comunitarias por toda la patria, en un mix de terapia ocupacional y autoabastecimiento, reforzado por un subsidio al consumo. Afortunadamente, nos dicen, ahora apareció la biogénesis con los Transgénicos o los OGM, si lo prefiere. Las vacas a los cuarteles o los feed-lots y los comodities al poder. Mientras algunos huracanes agrotecnológicos pregonan que van a solucionar el hambre de la Argentina y del Mundo más adelante, encontramos respuestas no solo en el microscopio electrónico y el bacilo thuringensis, sino también en las palabras de Bialet Massé, de hace cien años atrás, cuando ninguno de nosotros aún soñaba con nacer y menos aún, de ser clonado.
Si estamos en tiempos de revisar la historia, los Mentecatos sugerimos que además del último tomo, revisemos los anales desde antes de la Revolución de Mayo,. Incluído el traslado de los indios Quilmes, la destrucción de los canales de riego de los jesuitas, slos sistemas de producción coyas y la sabiduría del Cacique Guaymallén. Y los motivos por los cuales San Martín nunca pudo realizar su sueño de pasar sus últimos años cultivando la tierra en su chacra de Mendoza.
Mientras tanto, los Mentecatos seguimos haciendo propuestas y aunando esfuerzos. Seguimos viendo a la frutihorticultura como una agricultura de arraigo, como una industria en el sentido verdadero de la palabra, no como un negocio accidental... Creemos poder decir mucho sobre el momento presente, cuidando, mucho más que remotamente, el porvenir.
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